Contribución de un economista político al Ateneo de Málaga

Antonio Manuel Roldán Báez
Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Málaga
España se encuentra atrapada hoy día en una situación política, económica y social compleja, que resulta muy desfavorable para el bienestar de la mayoría de su población: las clases medias y las clases populares.
Sin embargo, resulta paradójico que dicho estado de cosas resulte satisfactorio para una elite privilegiada, o clase alta, que ve acrecentar su riqueza relativa, a la par que su influencia en el ejercicio del poder, en sus diversas manifestaciones.
Es cierto que una parte del malestar social prevaleciente está vinculado a una crisis financiera global que ha puesto al borde de la quiebra al sistema financiero capitalista, tras la caída de Lehman Brothers en el 2008. Y que ésta desembocó a su vez en una crisis económica de dramáticas consecuencias para el bienestar de los trabajadores, al acrecentarse el problema del paro en un contexto de recesión. Y que la dimensión de ambas crisis es solo comparable a la Gran Depresión registrada en 1929.
Pero también es cierto que ambas crisis tienen responsables inmediatos, que no solo no han asumido sus propias responsabilidades en el desastre financiero y económico al que nos han conducido, sino que han trasladado los costes sociales derivados de su propia negligencia o beneficio personal (amparados en la previa desregulación pública de los mercados financieros), sobre el resto del conjunto de la sociedad.
A ello habría que añadir los efectos derivados de la política macroeconómica europea, basada en el principio de la austeridad, y que ha sido impulsada desde las principales instituciones comunitarias. Dicha política de austeridad viene avalada por la ideología neoliberal, y está cimentada en la supuesta eficacia auto-reguladora de la “mano invisible” del mercado. Curiosamente, en Estados Unidos, la receta que se está aplicando para combatir la recesión y el desempleo es, exactamente, la contraria: una combinación de políticas fiscal y monetaria expansiva.
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Discurso de Luciano González Ossorio, Pdte. de la Federación de Ateneos de Andalucía.

Hace un año por estas fechas, en el III Encuentro en Cádiz, anuncié que no estaría ahora en la Presidencia de la Federación de Ateneos. Que ya había llegado el momento de mi retirada y que otro compañero ocuparía este lugar. Sin embargo, aquí estoy de nuevo. ¿Qué ha pasado? Ha pasado, que los compañeros de la Junta Directiva me pidieron que siguiera un poco más, que no debía irme, que esperara al menos a la celebración del IV Encuentro en Granada. En definitiva, que mis compañeros de la Junta Directiva o me quieren mucho, o todo lo contrario. No lo sé. Pero el caso es que aquí estoy de nuevo. Accedí al ruego y me comprometí seguir en la Presidencia hasta septiembre, no más. Quizá debido a que el ateneo, los ateneos, su ideario, su estilo, su talante… llenan mi vida, me siento identificado con sus ideales. Digo, como diría Pérez Galdós, “ el ateneo es el altar de mis sueños” y “el descanso de mis tardes”.

Pues sí, el altar de mis sueños, porque el altar es donde se inmolan .los sacrificios a los dioses, el lugar en el que se hacen las ofrendas, a donde se acude cuando se tienen necesidades y se piden los favores. Y resulta que los ateneos me exigen sacrificios, a los ateneos ofrezco lo que tengo, tiempo y ganas, y los ateneos me dan lo que necesito, me dan conocimiento, me enseñan mucho. Creo que en los ateneos se encuentran mis sueños. Mis sueños. ¿Cuales son? Mis sueños ahora, el librepensamiento, la tolerancia, el pluralismo, la independencia…y por encima de todo, la cultura y la libertad. Dos grandes sueños que quiero para todos los seres humanos. Cultura y libertad. En los Estatutos de la Federación de Ateneos, en nuestros estatutos, se dice literalmente “ Los ateneos de Andalucía somos una aleación de cultura y libertad. Creemos como dogma de fe en lo que decía Unamuno: “Sólo el que sabe es libre y más libre el que más sabe. Sólo la cultura da libertad,.. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura.” Ayer paseando por las calles de Granada, en los muros del Jardín que hay junto a la Facultad de Derecho, pude leer: “La Cultura es libertad” . Es lo que dice nuestro querido y admirado José Caballero Bonald, el ateneísta Caballero Bonald por el Ateneo de Jerez, así me lo ha confirmado el presidente del Ateneo de Jerez. En su discurso, maravilloso, profundo y vibrante, dijo que “ conocimiento y libertad vienen a ser nutrientes complementarios de toda aspiración a ser más plenamente humanos”

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José Luis Sampedro y su visión de la Economía.

Rafael López del Paso, Doctor en Economía y Profesor de la UMA

Su consagrada vocación literaria, unida a su caleidoscópica trayectoria, propia de  humanista renacentista en búsqueda permanente de nuevos mundos, no debe ensombrecer, sino enriquecer, el dilatado y fructífero discurrir del profesor Sampedro por los campos de la Economía.

Haciendo uso de una gran erudición y capacidad analítica, con un acusado sentido práctico y de aporte conceptual humano, patrimonio reservado de la reducida nómina de verdaderos maestros en Economía que han ejercido la profesión desde la tarima de las aulas universitarias y las privilegiadas atalayas de los servicios de estudios y los departamentos ministeriales, a lo largo de su trayectoria vital Sampedro ha defendido con firmeza el carácter social de la ciencia económica -al encargarse, como señaló el premio Nobel George Stigler, del estudio de la humanidad en los asuntos ordinarios de la vida-, así como su carácter evolutivo más allá de los grandes avances formales sustentados en desarrollos matemáticos que han dejado de ser un medio y se han convertido en un fin, mostrando un creciente distanciamiento de las complejidades vitales.

Próximo a las tesis de Galbraith, tras participar a comienzos de la década de los cuarenta del pasado siglo en el grupo de investigación que elaboró por primera vez la Contabilidad Nacional y las Tablas Input Output de la economía española, la actividad investigadora y docente del Profesor se orientó al desarrollo del análisis estructural, campo en el que ha realizado sus principales aportaciones que, transcurridos más de treinta años, siguen hoy plenamente vigentes.

Visionario en su época, rompió con claridad con las líneas de pensamiento económico imperantes, alertando de las limitaciones del análisis clásico sustentado en los teoremas fundamentales de la economía del bienestar y en el comportamiento racional del homo economicus, así como de los peligros inherentes a la desregulación plena de los mercados.

En momentos en los que el análisis económico estaba dominado por el cortoplacismo, en aras de resolver los males más graves que presentaba la política económica autárquica, publicó el primer libro sobre la integración de España en la Unión Europea, abogando por la unidad humana y social, base sobre la que construir los valores que encarna la Europa moderna a la que vio nacer.

Como metaeconomista que viaja en carro rumbo al sur, hacia el subdesarrollo, de los que pretende hacer menos pobres a los pobres, durante los últimos años, la actividad de Sampedro ha ido orientada a mostrar las ventajas derivadas de la globalización en sentido amplio- medioambiental, de la salud y de la educación- y las bondades de sustituir el triángulo productividad-competitividad-innovación por el de vitalidad-cooperación-creación, como palancas del desarrollo económico y elementos conductores hacia otro mundo más seguro que garantice la dignidad de los pueblos.

La aportación de Sampedro no ha quedado circunscrita a los especialistas, ni limitada a las enseñanzas impartidas en la Universidad a la que siempre ha concebido como templo de sabiduría, nacida para saber y no para hacer, lo que le ha llevado a dedicar ciertas estaciones de su peregrinaje a promover el desarrollo de múltiples iniciativas tendentes a acercar la Economía a la ciudadanía. Convencido, como señalaba Bertrand Russell, de que todo pensamiento debe comenzar por la familiaridad, Sampedro ha utilizado el cómic para que, con un lenguaje sencillo y asequible, el gran público piense por sí mismo sobre los principales aspectos de la globalización y llegue a comprender el funcionamiento de  los mercados. Contribución que se ha visto ampliada por la reivindicación mantenida desde que prologara la versión española del clásico manual de Economía de Samuelson por el que se han formado numerosas generaciones de estudiantes de promover la educación financiera entre los ciudadanos.

En 1973 el profesor Sampedro inauguraba el curso del Ateneo de Málaga impartiendo la conferencia “El subdesarrollo: ideología y realidad”, volviendo a deleitar con sus enseñanzas a los malagueños un año  más tarde en la apertura del curso de la Vocalía de Ciencias Económicas con su disertación sobre la inflación y el poder económico. Hoy, casi cuarenta años más tarde, en gratitud de sus enseñanzas y la ejemplaridad de su comportamiento en valores,  los que no disponemos de sus capacidades y talento, como aprendices, le rendimos justo y sentido homenaje al Maestro.

Introducción al Homenaje a José Luis Sampedro.

Laura Rueda Pérez, periodista

Hay mensajes que es necesario dar hasta la saciedad. Son palabras cargadas de sentido que nunca vienen de más, sobre todo si tenemos en cuenta el momento en el que estamos viviendo. Es necesario que haya personas que se encarguen de recordarnos estos mensajes porque nuestra mente está ocupada con otras mil cosas que tienen un ritmo vertiginoso y una duración limitada.

Así es nuestra sociedad actual, acelerada, urgente, instantánea y llena de mercancías efímeras. Sin embargo estos mensajes de los que hablaba al principio no son caducos, siguen siendo, desafortunadamente, una realidad latente a recordar, una necesidad vital y deberían ocupar primeros titulares de prensa, pero por el contrario se nos ocultan y se nos olvidan.

Mensajes como: Estamos inmersos en una crisis financiera, pero lo más importante es que nos envuelve una crisis de valores. Las personas son más importantes que el dinero. Este sistema está agotado y es una contradicción tremenda. El desarrollo que nos está impulsando es imposible y no se puede sostener. Los recursos naturales que destruimos ya no se regeneran, se han destruido. Estamos inmersos en una barbarie porque se están destruyendo los valores básicos de una civilización: el derecho internacional, el sentido de la dignidad… Llevamos dos mil años desde Grecia y se ha progresado técnicamente de una manera fabulosa, pero seguimos matándonos unos a otros, no sabiendo vivir juntos en este planeta. Para ejercer mi libertad de expresión primero tengo que tener libertad de pensamiento… Y todas estas verdades que tienen que ver con el ser humano y su libertad han sido repetidas hasta la saciedad por José Luis Sampedro.

Mensajes para recordarnos que solo tenemos una vida, que deberíamos vivir en armonía y respeto los unos con los otros. Mensajes de peso con los que todos empatizamos pero que no gozan de toda la visibilidad que debieran y que en ocasiones pueden hacer que se nos tache de ingenuos. Mensajes fundamentales, que aún deben conquistar muchos espacios de esta sociedad.

José Luis Sampedro es de estas personas que no se cansa de repetir hasta la saciedad estas verdades y que en cada acto, entrevista, evento vuelve a hacerlo como si fuera la primera vez. Y de nuevo nos atrapan sus palabras, nos cautivan y deseamos convertirlas en una realidad. Muchos de los que estamos aquí hemos recogido el testigo que nos ha dejado.

Si creemos que hace falta un cambio, es necesario seguir repitiendo todos estos mensajes. Y son necesarios estos actos de homenaje y celebración en los que un grupo de personas da las gracias a otra por su trabajo, por sus ideas, por sus aportaciones, por ser únicos.

¿Cuántas veces se nos olvida dar las gracias, mostrar nuestro afecto, recordar estas verdades universales que hemos dicho antes y que están ausentes en la sociedad actual?

Esta tarde estamos todos aquí para agradecer a José Luis Sampedro en un acto homenaje que le rinde el Ateneo de Málaga.

Es imposible presentar a José Luis Sampedro de una manera convencional.

De él se ha dicho que es la mente lúcida de 94 años, ahora 95, más joven de España.

Que tiene la formación de un hombre de ciencias con vocación de hombre de letras y la convicción de hombre comprometido con el hombre. Que aboga por una economía más humana, más solidaria, capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos. Que se ha ido haciendo con los años cada vez más rebelde.

También podríamos presentarlo por su extenso currículum a lo largo de su vida y sus infinitas distinciones: economista, escritor, humanista, catedrático de Estructura Económica por la Universidad Complutense de Madrid, economista asesor en el Banco Exterior de España, Premio de Derechos Humanos de la Asociación pro Derechos Humanos de España (1995); Premio Julián Besteiro de las Artes y las Letras (2004), Doctor Honoris Causa de la Universidad de Sevilla. Orden de las Artes y las Letras de España por «su sobresaliente trayectoria literaria y por su pensamiento comprometido con los problemas de su tiempo». Premio Nacional de las Letras Españolas en 2011. Miembro de la Real Academia Española desde el 1 de febrero de 1990.

Pero también lo podríamos presentar por el universo literario que nos ha regalado con obras como Octubre, octubre; La sonrisa etrusca; El amante lesbiano, el río que nos lleva o el más reciente Cuarteto para un solista en colaboración con Olga Lucas.

Y a pesar de esta extensa lista quizá, escuchándolo hablar, finalmente nos quedemos con su calidad como ser humano.

Bienvenidos y bienvenidas de nuevo. Vamos a comenzar el acto con el presidente del Ateneo de Málaga, institución que rinde este homenaje al profesor Sampedro. Tiene la palabra Diego Rodríguez Vargas.

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De Senectute

Julio Neira.

Buenas tardes, querida Vicerrectora, Presidente del Ateneo, señoras y señores:

Ante todo quiero agradecer al Ateneo de Málaga su invitación a intervenir en este acto de homenaje a una figura tan relevante como José Luis Sampedro que, pese a su salud quebrantada y a los naturales achaques de su mucha edad, sigue ofreciéndonos el magisterio de su sabiduría y el ejemplo de su tenacidad. En su honor mis palabras adoptarán seguramente un tono de cierta provocación que él adopta en buena parte de sus textos.

Con frecuencia oigo o leo alabar a José Luis Sampedro, con todo merecimiento. Se destacan su sabiduría, su vitalidad, su capacidad para no dejarse abatir ante las adversidades de la vida ni resignarse ante las injusticias sociales, ante las desigualdades que genera el sistema económico y político, que él denuncia con contundencia porque siempre ocasiona sus víctimas en los mismos arrabales de la sociedad, nunca en los barrios de la opulencia, y en estos elogios habitualmente se emplea el mismo término como superlativo: “joven”. “Qué joven está”, o “parece un joven”. Hace unos minutos hemos podido escuchar desde este mismo atril expresiones como “Me gustaría ser tan joven como usted”, o “lo mejor que se puede decir de José Luis Sampedro es que es muy joven”. Yo debo proclamar que no estoy de acuerdo, porque obviamente no es así. José Luis Sampedro no es un joven, es mayor, muy mayor. Tiene noventa y cinco años, no es joven. ¿Por qué nos empeñamos en poner la juventud como un valor en sí misma cuando sabemos que por naturaleza en transitoria? Parece justo que los jóvenes atraigan por sus cualidades físicas, pero ¿por qué ha de ser un valor intelectual o moral? El vigor físico, la capacidad atlética se pierden al abandonar la juventud, y sin duda hay órganos que cumplen mejor su función durante la juventud, pero ¿es el cerebro uno de ellos?

En realidad esta exaltación de la juventud viene del Romanticismo, cuando valores como el inconformismo y la rebeldía contra los principios establecidos en el Antiguo Régimen eran enarbolados por los jóvenes. Hasta entonces en todas las épocas y cultural se valoraba sobre todo la experiencia y la sabiduría que esta proporciona. La juventud no era sino una larga etapa de aprendizaje, que acababa justo cuando llegaba la madurez. Aunque he de reconocer que juventud y madurez son también términos muy relativos. Los tiempos han cambiado mucho las apariencias de la juventud. Vemos fotos de principios del siglo XX en los que hombres y mujeres de treinta años parecen personas muy mayores para nuestra perspectiva. La vestimenta hace mucho. Hoy seguimos hablando de una persona joven aunque sabemos que ya no cumplirá los cuarenta, y si me apuran y cuida su aspecto los cincuenta.

En España conforme se descomponía la dictadura, y sobre todo a la muerte de Franco, empezamos una especie de latría de la juventud. Todo lo joven tenía un plus. Y no era accidental. Había que desempolvar la ancianidad espiritual o ideológica que dominaba el país desde hacía décadas. Pero había también intenciones menos nobles. El capitalismo sabe que los jóvenes consumen mucho más que los mayores, y además sirven de espoleta para la industria del rejuvenecimiento (ropa, cosméticos, tratamientos de belleza, cura de adelgazamiento, etc.) de quienes han dejado de serlo.

En los ochenta el paradigma fue la “movida” madrileña o viguesa, daba igual, el caso es que fuera una estética rompedora y todo pareciera muy joven. Se valoraba la música, la moda, la poesía “joven”, adjetivo que incluido en la publicidad o en el título de un libro daba prestigio por sí mismo. Y proliferaron las antologías de poesía joven. Claro que en este caso el modelo era Rimbaud, el joven por excelencia que había dejado de escribir a los dieciocho años para dedicarse… al contrabando de armas en África Oriental.

En la política no se podía aspirar al liderazgo de un partido si no se era joven, y tuvimos varios presidentes de gobierno que llegaron al cargo alrededor de los cuarenta años. Incluso las gerontocracias más consolidadas rejuvenecieron su liderazgo. En el Partido Comunista se jubiló Santiago Carrillo y dejó paso a Gerardo Iglesias. En la derecha Manuel Fraga cedió los trastos a José María Aznar. Otra cosa es el resultado dispar que les dio. Y aún hoy podemos leer que un político de sesenta años es mayor, y los jóvenes quieren jubilarlos.

Volvamos a José Luis Sampedro. Este barcelonés de 1917, año de la Revolución de Octubre, saltó a la gran fama y alcanzó un puesto preeminente en la sociedad española de los medios de comunicación en 1985. Tenía sesenta y año años. Era un profesional muy reconocido en su ámbito, el de la Economía. Pero el gran público, que ahora le reconoce por la calle y se detiene a escucharle cuando le entrevistas en la radio o la televisión, no sabía nada de él. Había acabado los estudios de Ciencias Económicas en 1947 con Premio Extraordinario. Trabajó en el Banco Exterior de España al tiempo que daba clases en la Universidad Complutense de Madrid, donde en 1955 consigue la cátedra de Estructura Económica, puesto que ocupará hasta 1969.

El público que a partir de 1985 le reconoció como un gran intelectual no sabía que entre 1965 y 1966, ante las destituciones de catedráticos como José Luis Aranguren y Enrique Tierno Galván en la universidad española, Sampedro decidió dejarla para hacerse profesor visitante en las universidades de Salford y Liverpool. Unido a ellos, junto con otros profesores, crean el Centro de Estudios e Investigaciones (CEISA) que sería cerrado por el gobierno tres años después. En 1968 marcha a la universidad norteamericana Bryn Mawr College hastiado de la represión del Régimen. Volvió en 1976 al Banco Exterior de España como economista asesor y en 1977 fue nombrado senador por designación real, en las primeras Cortes democráticas, puesto que ocupará hasta 1979. Algunas de sus aportaciones fundamentales a la ciencia de la Economía fueron Realidad económica y análisis estructural (1959) y Las fuerzas económicas de nuestro tiempo (1967).

Tampoco su trayectoria literaria era conocida. Había publicado Congreso en Estocolmo (1952), El río que nos lleva (1961), que haría película en 1989 el director Antonio del Real, El caballo desnudo (1970) y Octubre, octubre (1981). Pero salvo esta y en ciertos ambientes especializados sus novelas eran bastante poco conocidas. Hasta que publicó La sonrisa etrusca en 1985. Entonces sí: la novela alcanzó un éxito sin precedentes y el público hizo de José Luis Sampedro uno de sus preferidos. Luego vendrían novelas tan valiosas como La vieja sirena (1990), Real sitio (1993) y El amante lesbiano (2000) y ensayos sobre la realidad socioeconómica como El mercado y la globalización (2002), Los mongoles en Bagdad (2003), Sobre política, mercado y convivencia (2006) y Economía humanista. Algo más que cifras (2009), demostrando una lucidez intelectual y una fidelidad a sus principios extraordinarias en quien ha sobrepasado los ochenta y cinco años. Ese es el valor primordial de José Luis Sampedro, su capacidad de análisis y su inquebrantable convicción en que hay alternativas a este sistema que hoy ñor hoy domina el mundo. Él viene demostrando desde hace años que la creatividad, la innovación, el progreso no son privativos de la juventud.

No otra es la lección de La sonrisa etrusca. Recordemos que la historia nos presenta la relación entre un abuelo y su nieto, en quién vuelca su ternura y a quién intenta transmitir su memoria histórica y su amor por la vida que a él, como consecuencia de la enfermedad, se le va escapando. En esa novela el héroe es el mayor, no los padres jóvenes, incapaces aún de extraer las enseñanzas de la vida. Tenía Sampedro sesenta y ocho años. Y ese era su mensaje: no encumbremos la juventud como valor fundamental, prestemos atención al valor de la senectud.

Brillantemente lúcido, a sus 95 años, José Luis Sampedro hoy mantiene la capacidad de rebeldía que aparentemente caracteriza sólo a la juventud, pero que en realidad es patrimonio de quienes no abdican de sus principios éticos, sea cual sea su edad. Es bien conocida su perspectiva crítica acerca de la decadencia moral y social a que ha llevado a Occidente el neoliberalismo y las brutalidades del capitalismo salvaje y la intransigencia doctrinal de las religiones. En referencia a esto, puso su grano de arena en las protestas en España de mayo de 2011 escribiendo el prólogo a la edición española del libro ¡Indignaos! de Stéphane Hessel.

Y hoy más que nunca está vigente esa radical disidencia. No dejemos que la patrimonialicen los jóvenes, avivémosla todos, jóvenes y mayores. Disentamos. Resistamos. Para esa tarea el único músculo necesario es la voluntad, y esta, salvo accidente o enfermedad, se fortalece con la edad y la experiencia.

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