En 1º de Bachillerato dedicamos dos o tres semanas a aprender rudimentos básicos sobre el desarrollo de algoritmos, codificándolos en C o en C++.

Aunque hay quienes se bloquean ante la dificultad y la primera extrañeza del código fuente, a menudo se lo toman como un reto. Y concretamente este año, cada nuevo enunciado provoca un hervidero de actividad; hasta el punto de que hay alumnos que se resisten a marcharse del aula hasta que no les funciona el programa. Pocas veces he visto menos navegadores con el Marca , el AS o alguna web de Anime.
Me sorprende la capacidad y el interés para encontrar soluciones incluso más completas y complejas de las que se piden en el planteamiento. Por ejemplo, incorporando la validación de los datos de entrada, o el manejo de más datos de los pedidos para que la solución sea más real. Da gusto, la verdad, aunque no paramos ni un minuto.
En seis sesiones hemos pasado de sumar dos números enteros a gestionar la elección del delegad@ de clase. Y después de aplicar todas las estructuras básicas (entrada, salida, selección, ciclos), ya están empezando a resolver los problemas a partir de lo que han aprendido en los cinco días previos; recibiendo por toda ayuda la solución de problemas sintácticos en C++, y preguntas como respuesta a sus preguntas. Porque ya tienen que empezar a utilizar lo que saben para enfrentarse a los problemas.
Creo que es un buen ejemplo de actividad con gran valor formativo que obliga a poner en juego múltiples recursos, y en la que la posibilidad de que el ordenador valide la solución que hemos encontrado nos brinda la oportunidad de un aprendizaje muy rico. Obliga a pensar con rigor, a discutir soluciones con compañeros, permite el aprendizaje autónomo investigando más allá de lo que sabemos, y proporciona una jugosa recompensa cuando el programa funciona correctamente. Al menos eso dicen las expresiones espontáneas del alumnado.

Este tipo de enfoques, que hoy día las TIC hacen posibles para muchas áreas, facilitan además la autoevaluación del alumnado porque el resultado que les da el ordenador, que funciona o no funciona, es ya una valoración. Y permiten tanto al docente como al alumno seguir la evolución y la construcción del conocimiento.
El entrenamiento en el análisis del error, clave del aprendizaje autónomo, es otra virtud de esta actividad. Porque aprender a evaluarse requiere práctica, y desarrollar el hábito de averiguar las causas de nuestros errores es básico para aprender a aprender. Ningún criterio mejor que el propio para avanzar.

Pero, aparte de expresar el regocijo que siempre produce verles interesados en nuestras propuestas, hay un elemento que merece una pregunta. Un alumnado que, en general, demuestra una gran capacidad para progresar a una velocidad vertigionosa enfrentándose a tareas que no son sencillas, y a las que no están acostumbrados, ¿qué rendimiento podría ofrecer si no los hubiéramos entrenado durante años en la repetición como vía hacia la solución? ¿Cuántas veces la estrategia para aprobar es hacer muchos problemas? Estoy convencido de que concedemos menos oportunidades a su capacidad y a su iniciativa de lo que podríamos. Y creo que todos salimos perdiendo con esta carencia de nuestras estrategias.

Entradas relacionadas

Escribe tu opinión