En un comentario dentro de La mirada pedagógica, sale a relucir el texto Los mejores años, que considero una lectura muy recomendable para docentes; como mínimo es un eficaz reconstituyente vocacional. Aunque supongo que muchos lo habréis leído, lo reseño por si le sirve a alguien.
Se trata del relato en primera persona de una experiencia docente vivida con intensidad, sobre todo en el Badalona 9 , a cargo Juan Sánchez Enciso, catedrático de Lengua y Literatura Castellana.
Si hay una idea que me llega especialmente, y que traspasa toda la narración, es la de la dificultad como estímulo. Me interesan las conclusiones a las que llega, y el hecho de que las valide con su experiencia profesional.
Párrafos como:

“Lo que hacíamos al final en las clases … era el resultado de hipótesis iniciales muy abiertas, muy provisionales y era su aplicación en el aula lo que las iba validando, corrigiendo, matizando o descartando absolutamente”

revelan una actitud y una práctica como docente muy profesionales, en mi opinión. Muy lejos del seguimiento mecánico de un libro de texto.
Costumbres como reunirse periódicamente para evaluar cómo funcionaban las propuestas que se ponían en marcha en el B9, o la elaboración de créditos de síntesis de una semana de duración, por ejemplo, adaptados a las necesidades del alumnado, están en las antípodas de la convicción de que no podemos hacer nada para mejorar nuestros resultados, y que la culpa de todo la tienen la administración, las familias, la televisión, etc.
Y demuestran qué importancia tiene la coordinación en nuestra labor; sencillamente no podemos acostumbrarnos a su ausencia. Hay que rebelarse contra el yo me lo guiso yo me lo como tan habitual.
Se explica en el texto que el crédito de síntesis es

una unidad de programación (o sea una asignatura …) que se imparte en una semana y que tiene un carácter interdisciplinar; es decir, sus objetivos se abordan desde diferentes áreas de conocimiento, primando los aspectos más instrumentales, más procedimentales.

Es decir, como yo creo que habría que impartir la mayor de los contenidos a nuestro alumnado para evitar en lo posible los aprendizajes vacíos de sentido. Aunque sea más trabajoso.
Cuenta Sánchez-Enciso que

“la palabra evaluación se llenaba de un contenido amplio. Ya no calificar; era poner sobre la mesa los datos -datos sobre las dinámicas de las clases, datos sobre el rendimiento en las materias, sobre el funcionamiento de los instrumentos educativos y organizativos con los que estábamos trabajando- para acabar de definirlos, analizarlos y tomar decisiones.”

Parece elemental: las sesiones de evaluación deben servir para completar la datos que llevamos a ellas con nuestro análisis. Cuando el B.O.J.A. dice que “considerando la reflexión común del equipo educativo, el profesorado otorgará la calificación definitiva en su área o materia. En base a ello se decidirá sobre la promoción y titulación.” no está planteando un cambio cosmético. Se trata de darle mucho más sentido a la reunión de profesores que evalúa al alumnado y en la que debería predominar la reflexión con argumentos basados en la progresión del alumno. Sin olvidar lo difícil que esto puede llegar a ser sin unas ratios que lo hagan viable.
Pero la realidad de la introducción de estas ideas en las sesiones de evalución es que muchos docentes las perciben como perfectamente inútiles.

También es muy satisfactorio comprobar que personas de la talla del autor comparten la defensa de algunos principios:

Aquí no hay una ley de financiación de la reforma educativa; aquí se está subvencionando a toda la enseñanza privada y se está arrojando a la pública a la competencia desleal por un mercado problemático. La situación es paradójica: el estado no cuida mucho de sus propias empresas al tiempo que nutre y adecente las de titularidad privada.

Y comparto plenamente la clasificación en cuatro tipo de motivaciones, un aspecto clave sobre el que indagar:

Había alumnado que aprendía porque le gustaba aprender (Tipología A), encontrar respuestas a cuestiones que consideraban estimulantes. Otros se motivaban por el éxito académico (Tipología B) … El alumnado incluido en la tipología C estaba desmotivado porque pensaba que nunca podría aprender … Agradecían mucho que alguien les confirmara que también podían aprobar, alcanzar consideraciones académicas que generalmente se les habían negado. El alumnado de la tipología D no se sentía nada motivado por el instituto como institución escolar. Sin embargo, valoraban mucho -cuando venían- algunos contenidos que les daban enfoques diferentes y atractivos sobre la realidad, sobre la vida.

Bueno, espero que estos breves fragmentos sirvan para despertar la curiosidad de quienes no hayan leído Los mejores años.
Y gracias Juan Sánchez Enciso por tus reflexiones amenas y con calado.

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