Al leer la noticia de que la justicia va a pedir penas de prisión para los agresores de profesores me dan ganas de contar algunas experiencias sobre la cuestión vividas en primera persona.
Cuando se comentan problemas de los que uno está cerca, una tentación inevitable a la que sucumbo es la de pensar, ¿qué podríamos hacer nosotros para mejorar la situación? Aunque haya aspectos que escapen a nuestra responsabilidad o control y que dependan de otras instancias.
El de la convivencia es un ejemplo perfecto de asunto en el que algo podemos hacer, aunque haya otros palos que también tengan velas que sostener.
El principal factor favorable con el que contamos es una unanimidad excepcional.
¡Qué difícil es ponernos de acuerdo en algo! Y qué magníficos resultados se consiguen cuando trabajamos en equipo en busca de una solución.

Uno de los momentos más satisfactorios cuando trabajas en un tema sobre el que no tienes la más mínima formación es cuando dejas de tener miedo a meter la pata; es inolvidable. Y no deja de tener su gracia lo de dedicarte, entre otras cosas, a defender la autoridad de tus compañeros frente al alumnado, las familias y la administración, mientras te mantienes a base de Fortasec -esto es una exageración sólo a medias-. Pero como la merma de autoridad y las agresiones entre alumnos despiertan tanto rechazo entre todos nosotros tienes muchas disculpas aseguradas.
Lo cierto es que cuando el equipo directivo se vuelca y toma las riendas para mejorar la convivencia, la colaboración del profesorado, incluso de bastantes familias, es automática.
Y es que entre muchos, no hace falta que sean todos, es muy fácil extender entre el alumnado la sensación de que se ha terminado la impunidad en la comisión de faltas contra la convivencia, sean leves o graves.
Antes de seguir, quiero aclarar que llegar a esta situación requiere de un esfuerzo, una paciencia con situaciones verdaderamente indignantes que provocan distintos miembros de nuestra comunidad educativa y también de la administración, y una cantidad de horas de trabajo tales que me impiden plantear esta estrategia como un modelo a seguir.

También es necesario precisar algunos supuestos de los que partimos.
Primero: la mayoría del alumnado demanda una mezcla equilibrada de tolerancia y autoridad firme. Son muchos los que reclaman en privado, o incluso en público, más firmeza con las faltas disciplinarias. Pero rechaza con la misma fuerza la desproporción y la arbitrariedad en las decisiones.
Segundo: a la inmensa mayoría del alumnado le gusta estar en el instituto; y aunque un alumno expulsado presuma de sus hazañas ante los demás, estar muchos días fuera del centro no le hace ni pizca de gracia. Y todos lo saben.
Tercero: Hay que terminar aceptando que algunos problemas trascienden el ámbito escolar y que no tenemos recursos para abordarlos. Y no hay que olvidar que es nuestra responsabilidad garantizar el derecho de todo el alumnado a recibir una educación. Afortunadamente en El Palo contamos con unos excelentes profesionales en los servicios sociales. Desde aquí mi admiración por la labor que desarrollan personas como Loli, Inmaculada, Pedro y todos los demás.

Creo que una de las claves al trabajar con el alumnado es la afectividad; también con los que cometen faltas disciplinarias. Tratarlos como personas, como adultos, con absoluto respeto y a la vez con exigencia otorga una enorme credibilidad; que es fundamental cuando se tienen que aplicar sanciones. Y ello no excluye levantar la voz cuando hace falta y amenazar con dureza cuando uno se topa de frente con el cinismo, la grosería, o en general la falta de respeto.
La acción tutorial, tan importante en general, es una pieza valiosísima para abordar los conflictos. Apoyar las decisiones del profesorado en general y los tutores en particular, incluso cuando no se comparten del todo, es muy útil. Así como tenerlos al corriente de las decisiones sobre su alumnado.
La inmediatez en la intervención también es esencial porque la sensación de que al que comete una falta no le pasa nada es devastadora para nuestra autoridad. Esto implica muchas veces dejar lo que tenemos entre manos y ocuparnos de un conflicto.
Y mientras llegan las decisiones definitivas, que a veces son lentas por distintas razones, medidas como privar del recreo, o impedir la participación en salidas del centro u otro tipo de actividades son muy eficaces. Estos son aspectos en los que la colaboración del profesorado es muy útil. Estas alternativas también pueden ser muy útiles para prevenir medidas disciplinarias más graves.
Dar oportunidades al alumnado que comete faltas da resultados con la gran mayoría de ellos. Hay que tener muy presente qué etapa de su desarrollo personal están viviendo. Demandan atención, tienen miedo a sentirse rechazados por el grupo, crecen entre los escombros de modelos que la capacidad desmitificadora de los medios de comunicación ha destrozado. Pretender que todos ellos guarden para sí un cóctel como ese es casi una ingenuidad.
Un error muy fácil de cometer -sé de lo que hablo- es reducir la individualidad de tantos como son a unos cuantos patrones comunes; hay muchos perfiles distintos y muchas respuestas distintas ante los mismos estímulos.
Los programas de mediación entre alumnos son esenciales para mantener un buen clima de convivencia y para prevenir que conflictos menores se conviertan en conflictos mayores. Está científicamente demostrado que dar protagonismo al alumnado en las actividades que realizamos las hace mucho más provechosas para todos.
Una idea muy eficaz es la colaboración con los Servicios Sociales. Que el alumnado expulsado tenga la oportunidad de ser atendido por un Educador Social en vez de quedarse en casa, si la familia lo acepta, ha permitido dar respuesta a la queja de las familias del alumnado que suele acumular expulsiones, de querer quitárnoslos de encima. La labor de Pedro es sencillamente impagable.
Y si queremos que un buen clima de convivencia sea duradero es necesario abordar las causas de los conflictos, y no limitarnos a aplicar remedios sobre los síntomas en forma de expulsiones. Pretender que un alumno aguante durante mucho tiempo varias horas al día escuchando un discurso que no entiende, o que no puede seguir es poco realista. Al final llegan los partes de disciplina; y para que lleguen las sanciones sólo basta esperar lo suficiente.
Ofrecer alternativas al alumnado que tiene déficits muy graves es una forma de prevenir la conflictividad. En mi opinión, ofrecer soluciones consistentes y duraderas a este alumnado sería mucho más fácil si la famosa autonomía de los centros empezara a concretarse alguna vez.
Y todo ello teniendo presente que los que carecen del menor interés no pueden ser un obstáculo para que los demás puedan trabajar y aprender.
Sobre las familias sólo voy a decir que también deberían reflexionar sobre qué pueden hacer mejor, porque los primeros beneficiados o perjudicados son sus hijos.
Tratar de poner en marcha todas o algunas de las ideas anteriormente expuestas, garantiza durante un tiempo los quebraderos de cabeza, algunos insultos o intentos de agresión de algún familiar, incluso algunas visitas a la comisaría y a la Fiscalía de Menores. Por cierto, a la Policía de El Palo debemos agradecer la agilidad de sus intervenciones en muchos momentos, con las que ha evitado males mayores durante alguna visita indeseable.
Pero a algunos nos parece que los resultados merecen la pena.
Y en cualquier caso, de lo que no me cabe la menor duda es que mientras el mundo a nuestro alrededor se va arreglando (la administración nos defiende como es debido, las familias se ocupan más y mejor de la educación de sus hijos, los medios de comunicación dejan de ejercer una influencia perniciosa sobre nuestros jóvenes, y George Bush deja de gobernar) nosotros podemos poner un granito de arena.

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